Estaba en la cima de su carrera. Y eligió empezar de cero.
Reflexiones sobre la ambición en midlife con Gaby Moreno.
Todavía recuerdo la primera vez que supe que podía ser escritora. Tenía 14 o 15 años, y mi maestra de español nos hacía leer una novela completa por cada examen, con UNA sola pregunta para llenar una pequeña libreta. Su obsesión, más que justificada, por Luis Rafael Sánchez me dejó con unas ganas enormes de contar historias estilo fin-de-mundo. Esas libretas se convirtieron en mi primer recipiente de sabiduría.
Una cosa llevó a la otra, y esa adolescente curiosa y preguntona terminó siendo ejecutiva de medios, a veces “a la fuerza”. Fast-forward: han sido veinte años, muchas reinvenciones (incluida la versión de Substack de Las Imperfectas), inseguridades de sobra y hasta adult bullying.
Pero sin arrepentimientos, conste.
Así que, cuando escuché a Gaby Moreno, nuestra fabulosa invitada del Episodio 4, hablar de cargar con un sueño adolescente durante más de 30 años, me sentí profundamente seen. Resulta que ella tenía 13 años cuando visitó Nueva York con su familia y supo en sus entrañas cuál era su calling, al salir de un teatro de Broadway: ese era el escenario que necesitaba pisar. Se llevó ese sueño de vuelta a Guatemala. Pasaron décadas. Nueve álbumes, un Grammy y dos Latin Grammys como artista independiente que nunca necesitó un estadio para demostrar que importaba. Y entonces, a los 44 años, su mánager le reenvió un correo preguntándole si estaba disponible para interpretar a Persephone en Hadestown en Broadway. Pensó: “Mi mánager perdió la chaveta.”
El email era más real que Anuel AA. Dijo que sí antes de entender del todo a qué estaba accediendo: ocho funciones por semana, mudarse sola a Nueva York, dejar a su esposo y su perro en Los Ángeles, aprender un papel principal en un musical ganador del Tony Award, sin haber pisado Broadway antes. Una principiante, otra vez, en el pico de una carrera que el mundo ya había reconocido como su identidad.
Para mí, no se trata del Grammy ni del debut. Se trata de su disposición a dejarse ver sin saber algo, en una etapa de la vida en la que la mayoría asume que ya deberías tenerlo todo resuelto.
Saber quiénes queremos ser es una tarea que nunca termina. Yo lo supe a los 14. Gaby lo supo a los 13. Pero a las dos nos tomó más de 30 años entender cómo se sentía y cómo se veía ese llamado de verdad. Y qué hacer cuando necesitábamos cambiarlo, porque nosotras también habíamos cambiado.
Nos han entrenado, de formas explícitas e implícitas, para creer que el midlife es un momento de consolidar, no de experimentar. Proteges la credibilidad que te has ganado. Usas tus títulos y etiquetas con cuidado porque te las has f***ing ganado. Pero ese branding no determina tu próximo paso; solo sirve como punto de partida para nutrir tu intuición y detectar las red flags en el camino.
Para Gaby, volver a ser principiante fue “liberador” una vez que se permitió estar abierta a eso. Tuvo que soltar la imagen que había construido y curado durante años y, al hacerlo, recordó algo que de alguna manera había olvidado: el crecimiento no tiene techo y hay algo genuinamente profundo en permitirte no saber.
Gaby Moreno, una mujer con décadas de autoridad creativa, eligió volver al cuarto donde no sabía nada. Lo eligió no a pesar de lo que había construido, sino gracias a ello, porque confiaba suficientemente en sí misma para sobrevivir a la incomodidad.
Eso, mis Sabias, es liderazgo.
Señora Ambición
Cuando Ana sacó la palabra ambición durante la entrevista, Gaby no fue a buscar cifras, ni data del market share. Habló de crecer hacia adentro, de profundizar en sí misma y de una definición de éxito que por fin la incluye como persona, no solo como producto. Como brand.
Fue honesta al decir que esta no es la ambición que se suele celebrar. Lo que Gaby describió, elegir un teatro de 400 butacas sobre un estadio, es una forma de ambición que rara vez recibe ese nombre. Pero es ambición de la mejor: más audaz y la que va con los ojos bien abiertos.
Podría escribir un libro sobre las formas en que me he excluido de mi propia ambición, en su mayoría por miedo a parecer que tenía el ego inflado. Lo que aprendí de esta conversación es que incluirte a ti misma no es una ambición mala; es una más difícil. Creamos para otros, actuamos para complacer a otros, construimos para otros, con tanta fluidez que olvidamos preguntarnos qué nos cuesta todo eso o si de verdad estamos somos parte del corillo. Y sé que Ana tiene unas cuantas cosas que decir sobre esto también (shameless plug: Done With the Hustle, bestselling book coming soon!).
Gaby ya había llegado al pico de su carrera. Pero a sus 44 años parada sobre un escenario de Broadway que imaginó por primera vez a los 13, ha descubierto cómo mantenerse. Esa es una forma de sabiduría que no llega hasta que has vivido lo suficiente como para reconocerla. Incluyendo la echadas a perder.
El Momento del Sí
“¡No tuve que audicionar!”
Y sin embargo, Gaby no se metió en el personaje de “la que tiene todo resuelto”. La lucha interna es real; el miedo es real. Pero el miedo no tuvo el voto decisivo. Lo tuvo la niña de 13 años que salió de aquel teatro.
Por eso, comenzamos cada episodio de Her Wisdom Era con un flashback, queriendo entender cómo era la versión más joven de nuestras invitadas, porque creemos que sigue ahí adentro, guiando todo lo que viene después.
Honrar quién eras antes de que el mundo empezara a decirte qué era y qué no era realista requiere más valentía una vez que has construido algo real, porque ahora tienes algo real que arriesgar.
Las apuestas cuestan más. Y te lanzas de todas formas.
Gaby pisó el escenario del Walter Kerr en midlife, cargando treinta años de un sueño que nunca soltó, completa y sin pedir perdón.
Sea cual sea tu Broadway: el negocio, el título, el libro, la relación, la ciudad, el proyecto creativo engavetado, la versión de ti misma que has tenido miedo de ser. Recuérdalo: no hay fecha de vencimiento.
Un sueño que escribes en tu diario, que guardas en una libreta de examen de español y que mantienes vivo a través de nueve álbumes, dos ceremonias de los Grammy y décadas construyendo algo extraordinario en tus propios términos, ese sueño no expira. Ese sueño, espera.
Y cuando llegue el email, dices que sí. F**K YES, baby girl.
¿Seguimo’?
Mucho love de esta orgullosa mujer de 47 años que por fin está invirtiendo en sí misma,
Cristy
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